Todo emite una energía. No todas las energías son iguales. Unas son beneficiosas y otras perjudiciales. Los seres vivos somos influenciables a las emisiones de las diferentes energías.
Un campo de flores emite una determinada energía y un estercolero otra muy diferente. Mental, emocional y psicológicamente las diferentes energías nos afectan de maneras distintas.
Algunas nos aportan equilibrio y sosiego y otras todo lo contrario, perturbación y desequilibrio.
No emite la misma energía un trozo de cuarzo rosa que un trozo de plutonio.
No nos encontramos igual de cómodos en una casa nueva en plena naturaleza y diseñada con elementos bioclimáticos que en el calabozo de un castillo.
Nuestros pensamientos y emociones irradian energía y en función de si son activados por nuestras Virtudes o por nuestros defectos psicológicos, emiten unas energías u otras. No estoy diciendo nada extraño que la mayoría desconozca. Cuando alguien nos regala una sonrisa afable y emitida con buenos y nobles sentimientos, todos lo captamos y nos reconforta, mientras que cuando alguien nos “atraviesa” con su mirada repleta de negatividad, ira y odio, nos incomoda, agriando nuestro estado interior. También todos nos hemos percatado en muchas ocasiones como la energía que emite un bebe de meses es muy diferente a la que emite alguien que sea adicto a sustancias toxicas que viva en la miseria y que sus ideas estén viciadas de negatividad.
Creo que ha quedado bien claro que cada uno de nosotros emite una energía diferente a la de los demás, y que va en función de lo que la active, si son nuestras Virtudes o nuestros defectos, y creo que también ha quedado claro, que todos somos más o menos susceptibles a las diferentes energías que recibimos.
Al igual que captamos las energías y nos afectan, éstas también quedan impregnadas en los diferentes objetos que la reciben. Todos hemos comprobado que no emite la misma energía un coche nuevo a estrenar que uno viejo que haya rodado mucho y que haya pasado por muchas manos diferentes.
Tampoco emite la misma energía un material sintético que uno natural.
No se trata bajo ningún concepto de caer en fanatismo ni en obsesiones, simplemente en darnos cuenta del poder que tenemos cuando decimos, pensamos o sentimos algo, pues estamos poniendo en marcha energías que pueden construir o destruir. Debemos de vivir asumiendo que nuestro poder es muy superior, para evitar los diferentes trastornos que pudieran ocasionar las diferentes energías a las cuales estamos sometidos. Con nuestra intencionalidad y convicción podemos trascender cualquier adversidad.
No obstante existen técnicas para aliviar y erradicar las energías nocivas del ambiente en donde cohabitamos.
Las discusiones y energías de ira y odio contaminan las estancias donde se producen. Con el paso del tiempo si no controlamos nuestras emisiones alteramos y contaminamos energéticamente los lugares donde convivimos. Es fácil advertir como en hospitales, cementerios, discotecas, bares, iglesias, etc. la energía que existe es densa y no beneficia la estancia en esos lugares. Todos hemos advertido como en determinadas casas de amigos y conocidos la energía que existe es densa y poco agradable. La energía que existe es la que ellos mismo crean a cada instante, con sus discusiones, negatividad, proyecciones mentales, padecimientos, enfermedades, limitaciones, etc.
Todo esto es susceptible de mejorar con trabajos Concientes y en su defecto con técnicas de limpieza energéticas. El principal remedio para que no nos afecten es el de Vivir plenos con nuestra Conexión Divina. Pero también podemos realizar trabajos de purificación ambiental.
La técnica que aquí expongo es fácil de utilizar y muy efectiva para locales, viviendas, dependencias, etc.
Consiste en cerrar todas las ventanas u orificios y quemar por este orden estos tres elementos: azúcar, sal y azufre.
Cogemos un cazo y echamos una o dos cucharadas soperas de azúcar y sin agua alguna la colocamos en el fuego de la cocina hasta que se queme y sus humeantes vapores purifiquen el ambiente; se puede ir pasando dicho cazo por las diferentes estancias mientras humea.
Después quemaremos la sal gorda y para ello utilizaremos un recipiente metálico o de barro. En el cual depositaremos dos o tres cucharadas soperas de sal gorda y como su combustión es dificultosa la ayudaremos con un chorrito de alcohol de 96º C y acto seguido le daremos fuego con un encendedor. Permitiendo que se queme el máximo tiempo posible y en las mejores condiciones.
Por ultimo, procederemos a quemar el azufre. Hay que incrementar las medidas de seguridad, pues el azufre cuando se quema desprende vapores que pueden ser tóxicos si se inhalan demasiado tiempo. Procederemos a quemar el azufre (en polvo) en un recipiente de metal o de barro en el que echaremos una o dos cucharadas soperas; también necesita de alcohol de 96º C para que se produzca su combustión. Abandonaremos obligatoriamente la estancia para evitar posibles intoxicaciones. No debe quedar nadie en la estancia, ni persona ni animal, y si no fuera posible no se debe de proceder a quemar el azufre. En los lugares donde haya vecinos muy cerca habrá que tenerlo en cuenta también. Lo interesante es que la humareda que desprende el azufre permanezca en el lugar a limpiar durante varias horas (2 o 3 por lo menos). Trascurrido este tiempo procederemos a entrar en la vivienda o local para ventilarlo debidamente, abriendo de par en par todas las ventanas y puertas y volviendo a abandonar dicha estancia hasta que esté suficientemente ventilada.
Este trabajo de purificación ambiental aleja también a cucarachas, roedores, etc. ya que estos no soportan la energía que desprenden los diferentes elementos que hemos quemado. Estos animales suelen instalarse en lugares donde la densidad energética se lo permita.
Este trabajo se puede realizar cuando uno lo crea conveniente, y sería interesante repetirlo a los tres o cuatro meses.
Aclarar que nada es “bueno” ni “malo”, que todo es relativo y que la efectividad de cualquier trabajo va a ir en función de nuestra intencionalidad y fe. El poder está siempre con nosotros. Por este motivo cuando Jesús realizaba sus sanaciones decía: “...yo nada he hecho su fe ha sido la que los ha curado…”
C. Román
|